Vuelta de Egipto

Vaya, cuánto tiempo hace que no actualizo el weblog. La verdad es que he querido desconectar un poco para empezar el curso con más fuerza, y fruto de esa desconexión fue el viaje a Egipto. No había puesto ninguna foto, y ahora pongo una:

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¿Qué puedo decir de Egipto? El viaje fue genial. Es, sin duda, una experiencia que animo a cualquiera a realizar. Se pueden hacer muchas apreciaciones de Egipto, porque lo primero que uno nota es que el shock es brutal. Muchas cosas son allí muy diferentes de aquí, y uno, aunque se haga a la idea, no se lo puede imaginar así.

Como decía una guía, Egipto es el país de la improvisación. Sorprendentemente, desde que llegamos hasta que nos fuimos, todo parecía que sucedía por casualidad o sin ninguna planificación previa (con lo que uno daba gracias de que todo no se fuera al garete), pero una vez te acostumbras, no hay mayor problema. Los egipcios están contínuamente gritándose unos a otros diciéndose cómo hacer esto o lo otro, desde cómo llevar las maletas en el autobús, cómo separarlas para cada guía (momento en el que uno podría jurar que tiene más miedo a que se pierda que en el mismo vuelo), etc.

La contrapartida la ponen los monumentos. Son sobrecogedores todos ellos; impresionante lo avanzados que estaban, y sobre todo, por encima de todos, aunque no sé si será un tópico, las pirámides. Sin duda es lo más grandioso que he visto.

Lo avanzado de la civilización egípcia choca con el estado atrasado en el que está el país. Mientras los jóvenes adinerados de la capital (El Cairo) llevan móviles de última generación, la mayoría de las calles no están asfaltadas y almacenan basura sin ningún concierto. Las que están asfaltadas, imponentes calles de las que se diría que albergan 5 carriles o así, ya que ninguna calle lleva dibujadas marcas viales, son utilizadas por conductores que han aprendido a conducir en los coches de choque. Los propios coches no son mucho mejores que los coches de choque. Coches de los años 70 en un estado en el que no pasarían la ITV ni de lejos (de hecho otro elemento del paisaje de El Cairo son los coches apartados por fallos mecánicos) pasan los unos entre los otros como por arte de magia y sin seguir ningún camino recto ni que se lo parezca, abriéndose paso a pitidos, sí, a pitidos contínuos y constantes que hacen de esa ciudad la más ruidosa del mundo, seguramente.

Por si faltaba algo, no hay pasos de peatones, y no quiero decir el respeto que se les hace a los pocos semáforos que hay en una ciudad de 18 millones de habitantes en la que circular es un caos: los peatones cruzan entre los coches jugándose la vida, como tuvimos que hacer en unas cuantas ocasiones.

Pero que no parezca que uno no se siente agusto. Una vez que uno acepta que ese es el _statu quo_, uno se siente aceptado en una ciudad que está acostumbrada al turismo. Las gentes son agradables, aunque el ambiente puede parecer agobiante. No sólo los coches, el ruido, la polución y la suciedad, sino que en cualquier tienda, comprar hasta una botella de agua puede ser una aventura de regateo. Pero como digo, uno se siente a gusto. Se pueden encontrar sitios donde comer buena comida muy barata, y uno nunca se aburre allí.

Hay muchas cosas que se pueden comentar, y que quizá vaya introduciendo en siguientes entradas, pero por ahora no quiero aburrir mucho. Sólo reiteraré que es una experiencia que todo el mundo debería tener.

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